Historia, Siglo XVIII

“El desordenado afecto por el juego” los asientos de peleas de Gallos en Nueva España (1730-1785)

PELEA DE GAIOS

Pelea de gallos, La obra del Obispo Martínez Compañon sobre Trujillo del Perú en el Siglo XVIII, ca. 1780, Biblioteca de la Palacio Real, Madrid, España.

 

Si algo caracterizaba a los habitantes de la Ciudad de México del siglo XVIII era su afición por los juegos de azar. Entre los cajones del Parián o en los alrededores del Baratillo, los hombres y mujeres de la capital virreinal se arremolinaban alrededor de las mesas de los juegos de tablas o se disponían presurosos para disfrutar de un jarro de pulque para después ir apostar algunos tlacos o reales en las casas de naipes. Se trataba de actividades que (al igual que hoy en día) estaban destinadas a que los jugadores se olvidaran por un momento de sus preocupaciones cotidianas. Además de estos juegos, existía una amplia gama de entretenimientos populares como los teatros, las corridas de toros y las peleas de gallos.

 Entre estas “diversiones inocentes” o “vicios que ofenden a Dios”, destacó la presencia de los “juegos de gallos” , que fueron una práctica común en la Ciudad de México y en el resto de Nueva España desde por lo menos el siglo XVII. Estas peleas consistían en una lucha encarnizada entre dos gallos o pavos, los cuales, armados con navajas en las patas, protagonizaban sangrientas luchas a muerte para el entretenimiento del público. Estos juegos eran realizados en los días de fiesta y se rigieron por una compleja normatividad que buscó (en la medida de lo posible) evitar accidentes o tumultos.

A pesar de los múltiples intentos por prohibir las peleas de gallos (1699, 1724 y 1726), las autoridades reales decidieron permitir esta actividad con la condición de imponer algunas reglas del juego. Mas allá de velar por la seguridad de los súbditos, la Corona decidió controlar los juegos de gallos porque era una actividad altamente lucrativa.

Desde 1730, la Real Hacienda remató en particulares el asiento general sobre las licencias para los juegos de gallos en Nueva España. El primer contrato fue otorgado al asentista de los naipes, Don Isidro Rodríguez de la Madrid, quien se convirtió en el monopolista de los principales vicios de la capital virreinal, dado que durante la década de 1730 controló las casas de naipes y el coliseo de gallos de la Ciudad de México. A partir de entonces, el asiento de gallos se convirtió en un ramo del real erario novohispano, el cual, a mediados del siglo XVIII, llegó a generar más de 20 000 pesos anuales.

Como una actividad condenada por las autoridades eclesiásticas y un vicio que podía generar enfrentamientos entre los apostadores, las autoridades reales establecieron diversas reglas para el coliseo de gallos. La primera era que ninguna pelea debía empezar antes de la una del día, para no entorpecer la oración del mediodía en la Catedral. En segundo lugar, la entrada al coliseo de gallos estaba prohibida a los “hijos de familia” y los esclavos. Finalmente, el asentista debía cubrir el sueldo de un alcalde ordinario que se encargara de vigilar el orden y de fungir como “árbitro” en las peleas, para evitar que se usaran objetos prohibidos o navajas de mayor tamaño. Estas peleas eran realizadas en parajes públicos o en las casas de naipes. Los coliseos eran estructuras efímeras hechas de madera o “plazas de madera y artesón” con diversas entradas a las accesorias o secciones, las cuales eran arrendadas por el asentista y eran, junto con las entradas, su principal ingreso.

Coliseo de gallos

«Plano del sitio en que se piensa establecer el anfiteatro o palenque de los gallos», AGN, Mapas, planos e ilustraciones, 280.

Los juegos de gallos fueron actividades populares, pero extremadamente peligrosas. Como muestra de ello están las condiciones de los contratos de asiento, en donde se deslindaba a los asentistas mayores de cualquier responsabilidad en caso de que en una pelea hubieran muertos o heridos. Además, podía solicitar la intervención de alguaciles armados en caso de disputas. Esta actividad de entretenimiento persistió como un gran negocio para los asentistas hasta que en 1783, la Real Hacienda nombró a un administrador general de gallos para gestionar esta actividad que persistió como uno de las principales diversiones populares del México independiente.

La gestión de las licencias para peleas de gallos por parte de la Real Hacienda dejó una gran cantidad de documentación en diversos fondos del Archivo General de la Nación. Entre las fuentes documentales existentes están los contratos de asientos de gallos, los libros de almoneda y la correspondencia e informes de los administradores reales, resguardadas en el fondo “Gallos” del AGN.

Aguilar García, Carolina, «Mundus alter 5. Infierno y coraza (parte II) en https://losreinosdelasindias.hypotheses.org/tag/pelea-de-gallos [consultado el 19 de abril de 2020 a las 8:30 pm].

Sarabia Viejo, María Justina, El juego de gallos en la Nueva España, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1972.

Viveros, Germán, «El teatro y otros entretenimientos urbanos. La norma, la censura y la práctica» en Antonio Rubial García (cood.), Historia de la vida cotidiana en México. La ciudad barroca, México, FCE/El Colegio de México, 2005, pp.461-488 (Tomo II).

 

 

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