Historia, Siglo XVIII

Los “balances de tiendas”: una ventana al comercio local en la Ciudad de México del siglo XVIII

La Ciudad de México del siglo XVIII era uno de los principales centros mercantiles de las Indias. En la Plaza Mayor de la ciudad se extendían distintos mercados como El Parián y El Baratillo, conformados por una constelación de puestos en donde los comerciantes indígenas vendían la producción de sus parcelas y las mujeres comida preparada, pulquerías, casillas, cajones (con sus respectivos “arrimados” o comerciantes menudos) y un sinnúmero de comerciantes itinerantes que pregonaban a vivas voces una gran variedad de productos. En este paisaje heterogéneo se desplegaba una mezcla de productos locales, americanos, asiáticos y europeos. Junto a un cajón de rebozos o de un zapatero, podían instalarse vendedoras de frutas, el mismo comerciante que ofrecía “naguas de Jilotepec” podía venderle a sus clientes algunas libras de cacao de Guayaquil, chile pasilla o productos como porcelana china, aguardiente, nueces de Castilla, aceitunas o azafrán.

Además de esta variedad de puntos de venta, existían distintas tiendas distribuidas en las principales calles de la ciudad. Entre ellas, destacaron los almacenes de los poderosos mercaderes del Consulado que abastecían de lujosos bienes europeos y asiáticos al resto de los comerciantes de la capital virreinal. La mayoría del comercio menudo que no se realizaba en los alrededores de la Plaza Mayor o en el Mercado del Volador, se llevaba a cabo en las cacahuaterías, vinaterías, tiendas mestizas y pulperías, que usualmente ocupaban las esquinas de las calles o arrendaban alguna accesoria de las grandes casas de la Ciudad de México.

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OBRA ANÓNIMA, PUESTO DE MERCADO, SIGLO XVIII. MUSEO NACIONAL DE HISTORIA, SECRETARÍA DE CULTURA- INAH.

Esta gran actividad comercial generaba, en muchas ocasiones, conflictos, deudas, quiebras y distintas transacciones de compra – venta entre los comerciantes. Todos estos negocios eran regulados por el Consulado de Comerciantes de la Ciudad de México. Esta corporación tuvo jurisdicción sobre las operaciones mercantiles del virreinato (al menos hasta la aparición de otros Consulados como el de Veracruz o Guadalajara en la década de 1790) y estuvo compuesto por el prior y cónsules, así como de un alguacil ejecutor, un abogado y del “juez de alzadas”. Entre las materias que este tribunal dirimía se encontraban las operaciones de compra- venta entre particulares, las negociaciones o cobro de deudas, y, en caso de que un comerciante o alguno de sus tiendas quebrara, realizaban los concursos o cesiones de bienes entre los acreedores.

Entre la extensa documentación que produjo el Consulado existen algunas fuentes documentales que muestran cómo eran las tiendas de la Ciudad de México, quiénes trabajaban y – principalmente– qué se vendía. Como ejemplo de estas fuentes están los “balances” solicitados cuando se vendía o traspasaba una tienda. Estos papeles eran elaborados por un agente del comercio y un valuador externo, que podía ser otro comerciante que fuese propietario de un establecimiento parecido. Estos valuadores eran elegidos por el comprador y el vendedor, y estaban obligados a hacer un inventario de las existencias de las tiendas. En estos balances se manifestaban la ubicación y el tipo de tienda, cómo era el local comercial, cómo era el mostrador, si existían instrumentos como pesas, balanzas, o los bancos, y qué productos habían en la tienda al momento de su venta.

Gracias a estos documentos podemos conocer qué se vendía en la tienda de cacahuatería y vinatería de don Felipe De la Puente, ubicada en la privilegiada esquina de la Profesa- calle de San Francisco (posiblemente entre las actuales calles de Madero e Isabel la Católica). Al momento de su muerte en 1743, la tienda fue heredada por su hermano don Pedro, quien decidió traspasarla al vecino y mercader Manuel García de Jaramillo para pagar sus deudas. De acuerdo con el valuador, la tienda de Pedro De la Puente era un armazón de madera hecho con dos cajones de gran tamaño, los cuales estaban atravesados por un mostrador de madera tallada. Sobre el mostrador se encontraban algunas cajas viejas y el “balanzón” de cobre con sus pesos de cruz y un sello para tlacos (signos seudomonetarios que únicamente eran aceptados por los comerciantes que los emitían), la puerta de la tienda era cubierta en las noches con una cortina vieja.

Al interior de algunas cajas y de cuatro docenas de “chiquihuites” (cestas de fibra vegetal) se inventariaron distintas mercancías como colchas, sábanas, paños de rebozo, naguas de Jilotepec y de seda, paños bordados y rollos de tapiz. Además, De la Puente había dejado un par de aretes de plata, algunas libras de grana y cacao de Guayaquil, pipas, puros y una gran variedad de alimentos:  huevos, chile verde y pasilla, cacahuates, garbanzo, azúcar, maíz, azafrán,frijoles, aceitunas, chocolate, pan en piezas y unos poco apetitosos “embutidos viejos”. El inventario señalaba otros productos de poco valor como algunas cargas de leña y carbón, frasquitos de Castilla, vasos, escobetas, cucharas y almidón. En total, entre los aperos de la tienda y sus productos, Pedro De la Puente recibió la nada despreciable cantidad de 1 615 pesos 7 reales, a los que únicamente tuvo que restarle 9 pesos 6 reales que le debía de salario al mozo de la tienda por 18 días de trabajo y 41 pesos que debía darle al corredor de negocios.

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Detalle del balance de tienda de don Pedro De la Puente: AGN, Indiferente Virreinal, Caja 1176, exp.029, f.1v.

A diferencia de la sencilla tienda de don Pedro, algunos locales estaban finamente decorados, como fue el caso de la vinatería ubicada en el número 21 de la calle de Don Juan, que don Felipe Bris traspasó el 5 de octubre de 1775. Esta tienda era un armazón de madera con un mostrador y cajones con botellas de aguardiente. La vinatería estaba rematada por un nicho en donde estaba una imagen de la virgen de Belén, patrona del establecimiento, y por dos celosías colocadas sobre el mostrador, dos cortinas colocadas en las puertas y un tejado doble con una imagen de metal en donde estaban labradas “las armas de la capital”. Pese a tan fastuosa decoración, el negocio de Felipe Bris estaba en bancarrota por las deudas contraídas con varios acreedores, entre los que destacaba el comerciante Manuel Primarejo. En el inventario de esta vinatería solo se hizo un recuento de frascos, botellas y vasos vacíos y de algunos barriles de aguardiente. La mayoría de los 298 pesos 5 ½ reales valuados por el corredor Juan Gomes del Pinal, eran por los aparejos de la tienda y por varias prendas posiblemente dejadas en empeño por los bebedores, práctica similar a la que vimos en el caso de la pulpería Coutiño en otra entrada.

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Detalle del balance de la vinatería de don Felipe Bris : AGN, Indiferente Virreinal, Caja 1814, exp.003, f.1.

Los “balances” que presentamos en esta entrada son algunos ejemplos del potencial que tiene la documentación judicial producida por el Consulado de México. Los litigios, demandas y remates de bienes pueden arrojar algunos indicios sobre la vida comercial en Nueva España, así como de algunos precios de referencia al menudeo, salarios y otros datos económicos como la compra de mercancía por deudas o por empeño. El estudio de las vívidas descripciones de las tiendas y productos que se pueden encontrar en los inventarios de bienes nos puede acercar a dos aspectos: la dimensión espacial de las tiendas (tamaño, organización interna y aspecto) y a una posible “cultura material” novohispana, en la que se entrelazaron elementos locales, americanos, europeos y asiáticos.

* Agradezco a Diana Patricia Orta por ayudarme a localizar la ubicación actual de la cacahuatería de De la Puente.

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