En nuestro más reciente video del curso de paleografía novohispana revisamos un juicio peculiar: Baltazar, indio tributario de Tacubaya, se enfrentó a cobradores de la Aduana de México y logró conseguir justicia.
Baltazar se identificaba como indio tributario de la zona de Tacubaya y, además, declaraba que su oficio era velero, es decir, fabricaba y vendía velas.
En 1757 los accesos a la Ciudad de México eran controlados por un sistema de garitas en los que se revisaban las mercancías que entraban y salían de la capital novohispana con tal de cobrar efectivamente el derecho de alcabala.
Los indios o naturales estaban exentos del pago de alcabala por las mercancías que ellos produjeran. En este caso, las velas de Baltazar no debían pagar el derecho ya que él las elaboraba y vendía en la demarcación de Coyoacán. Sin embargo, un día se presentó a la Aduana de México para denunciar que ciertos cobradores de Coyoacán lo amenazaron, golpearon y quitaron velas por concepto de alcabala.
El juez superintendente de la Aduana de México atendió el caso a través de su asesor y el escribano del tribunal lo que llevó a descubrir que los cobradores efectivamente habían actuado contra Baltazar. En consecuencia, el juez superintendente los reprendió, pero procedió a investigar el origen de las velas de Baltazar ya que se tenía noticia de que algunos naturales participaban en fraudes junto con grandes productores de velas.
A lo largo del proceso revisamos los testimonios de Baltazar, los cobradores y la visita del escribano de la Aduana a la casa de Baltazar donde corroboró los insumo que tenía para elaborar sus velas. Al final el superintendente reconoció los abusos que había sufrido Baltazar y le entregó una sentencia con sello Real para que pudiera vender sus velas libremente, incluso con un pequeño estimulo para los días de mayor venta: Día de Muertos y Navidad.
Si quieres ver con detalle el expediente te invitamos a revisar nuestro curso en YouTube:
Uno de los temas que más dolores de cabeza puede provocar es el de las abreviaturas, usadas para simplificar la vida de los escribanos aunque hoy nos pongan a pensar.
En nuestro último video del curso práctico de paleografía novohispana nos pusimos a repasar algunas abreviaturas con detalle.
Te dejamos un vistazo de las abreviaturas que revisamos en ese video y si te animas a revisarlo también te compartimos el enlace al final de esta entrada.
Yn.Fon.Destacamos las letras
Esta primera abreviatura puede leerse como información (o en su transcripción literal ynformacion)
T°
Una abreviatura de cajón en los documentos judiciales y criminales es esta: T°. Que se lee como “testigo”.
R.do
Una abreviatura que podría causar muchos problemas y fue común en el siglo XVI y constante en la letra procesal: R.do que podemos leer como “recibido”.
Preg.do
Otra muy común en los documentos judiciales y criminales por el esquema de interrogatorios a los que recurrían: preg.do que podemos leer como “preguntado”.
Esperamos que este primer vistazo a las abreviaturas te resulte de utilidad.
Recuerda que en el curso deee Youtube encuentras el video completo en el que abordamos varios casos. Puedes compartirnos inquietudes, dudas, quejas o lo que gustes en los comentarios de esta entrada o directamente en eel Youtube.
Durante los preparativos para nuestro curso práctico de paleografía (disponible en Youtube, click aquí) tuvimos que repasar algunas escrituras que conocemos bien, pero no utilizamos en nuestro día a día durante el trabajo con documentos.
Una de esas letras es la llamada cortesana que, a simple vista, puede resultar muy bonita, pero encierra algunos problemas para su lectura.
Uno de los principales problemas de esta letra son las ligaduras, simples en comparación con la letra procesal, pero importantes para entender el sentido de las oraciones.
También podemos encontrar distintas formas de escribir una misma letra, como por ejemplo las «g» y abreviaturas que en muchos casos nos desafían para entender su significado.
Por último, esta letra también emplea una serie de adornos que pueden llegar a confundir a quien la revisa por primera vez.
En nuestro tercer video del curso práctico de paleografía novohispana abordamos estos elementos de manera concreta, sobre un documento, para que puedas comenzar a trabajar con letra cortesana.
Te compartimos el video para que le eches un ojo y puedas explorar con confianza fuentes del siglo XVI.
En días pasados compartimos un video gracioso entorno al estudio de letras y su confrontación con documentos de archivo.
Recibimos algunas peticiones para compartir la hoja de letras que presentamos en ese video así que en esta entrada les compartimos esa imagen para que puedan descargarla (suficiente con un click derecho y «guardar imagen»).
Por otra parte, en nuestro segundo video del curso práctico de paleografía novohispana nos acercamos al trabajo con números romanos, algo común en la documentación de los siglos XVI y XVII. Les compartimos una imagen de ese video en la que repasamos algunas cifras romanas y más abajo te dejamos el enlace al video para que puedas echarle un ojo.
En 1796 se aplicó la primer vacuna de la historia, la vacuna contra la viruela. Esta enfermedad fue conocida por sus consecuencias devastadoras entre la población: fiebre, erupciones con pus en todo el cuerpo, cicatrices incurables y una muerta casi segura tanto para ancianos como para infantes.
La publicación de las investigaciones de Edward Jenner permitió que la vacuna se conociera en distintas partes del mundo
Hasta antes de los trabajos de Edward Jenner se aceptaba que el origen de la viruela se encontraba en un desequilibrio en los humores del cuerpo, lo que afectaba a la sangre y desencadenaba los síntomas. Así, los estudios de la época se orientaban al alivio de este desequilibrio para el tratamiento de los enfermos.
Al rededor de los años 80 del siglo XVIII el método más eficaz contra la viruela era la inmunidad. El problema era que solamente se podía obtener de dos maneras: por haber padecido la enfermedad de manera «natural» o por inoculación.
La inoculación implicaba en transmitir intencionalmente la enfermedad desde una persona contagiada para que personas sanas consiguieran inmunidad. El procedimiento consistía en extraer el fluido contenido en alguna de las pústulas y mediante una incisión insertarlo en la persona sana. Esto provocaba que, al cabo de varios días, el inoculado desarrollara una versión atenuada de la enfermedad. Lo que, eventualmente, le permitía obtener la deseada inmunidad de por vida.
Sin embargo, aunque el método ofrecía cierta protección también tenía muchos riesgos ya que podía suceder que la enfermedad desarrollada no fuera leve, lo que ponía en riesgo la vida del inoculado. Además, si el método no era aplicado cuidadosamente podía dar pie a brotes que podían derivar en epidemias, según el comportamiento de los enfermos.
Estos riesgos hicieron que algunos médicos de la época cuestionaran el método de inoculación. Uno de ellos fue el cirujano Francisco Gil, miembro de la Real Académica Médica de Madrid, que en 1784 publicó una disertación en torno a la viruela y propuso una forma segura de erradicarla.
En su Disertación físico-médica en la cual se prescribe un método seguro para preservar a los pueblos de viruelas… el médico Francisco Gil plasmó distintos aspectos que involucraban a la enfermedad a finales del siglo XVIII. En este trabajo se contempla una breve historia de la viruela en la que se enfatiza que el origen de la enfermedad posiblemente se encuentra en Etiopía. También abunda en la inoculación, la forma en que llegó a Inglaterra, su uso en distintas partes del mundo y los posibles riesgos que ofrecía el método. Además, el autor señala que el objetivo de su disertación era ofrecer un método más seguro no para aliviar la enfermedad sino para, eventualmente, erradicarla.
El método de Gil consistía en una labor muy estricta entre autoridades gubernativas y autoridades médicas para desarrollar todo un plan de atención a los enfermos. La idea era establecer un hospital o casa de campo a las afueras de cada localidad para confinar a los posibles enfermos que se presentaran. También abunda en la forma en que los médicos debían tratar a estas personas: protegidos con batas de lienzo, lavando constantemente sus manos en una solución de vinagre y agua así como el proceso de limpieza de los pacientes (y sus cosas) una vez recuperados.
También propone una alimentación en la que se consumieran abundantes frutas ácidas (guindas, peras, granadas, naranjas, limones, manzanas) así como agua envinagrada para que la sangre adquiriera una “disposición saludable” y eludiera el contagio de viruela.
La disertación de Francisco Gil es una fuente de gran importancia para acercarse al tratamiento de la viruela a finales del siglo XVIII. Además, ofrece gran detalle con respecto a los debates en torno a este padecimiento, métodos alternativos de tratamiento y es un reflejo destacado de las ideas médicas de la época.
El documento en cuestión puede consultarse de manera libre en la biblioteca digital de Google:
Por Jocelyn Anaid Mondragón Parra (Joce28@gmail.com) Facultad de Filosofía y Letras, UNAM
La Plaza Mayor de la ciudad de México fue un escenario de actividad comercial, política y social. Desde el siglo XVI comenzaron a colocarse en ella una gran diversidad de puestos llamados cajones, puestos al viento, mesillas y baratilleros. La pintura de Cristóbal de Villalpando titulada La Plaza Mayor (1696) nos muestra no sólo a los vendedores que en ella trataban, sino a la concurrencia de compradores y paseantes. Ésta fue la primera vez que la Plaza se representó privilegiando la vida cotidiana en lugar de la disposición de los edificios representativos que la rodeaban.
Villalpando, Cristóbal de, La Plaza Mayor, 1696, Colección James Methuen Campbell. Museo Corsham Court, Wiltshire, Inglaterra
En dicha Plaza había una gran cantidad de vendedoras que tenían cajones de madera, mesillas y petates o mantas donde colocaban su mercancía.
Entre los productos que vendían se encontraban guitarras, retazos, zapatos, alimentos preparados, bebidas, hortalizas, lana teñida, naguas, sombreros, productos de fierro, ropa, entre otros.
Tanto las representaciones visuales de la época, como los pleitos judiciales nos muestran la participación cotidiana de mujeres en el comercio desde el siglo XVI. La pintura La Plaza Mayor de la Ciudad de México (1769) nos muestra de forma aún más evidente la presencia de vendedoras. En esta imagen observamos un gran número de vendedoras en cajones de madera, mesillas, puestos al viento, con petates sobre el suelo con parteaguas o sin ellos. Entre los productos que se aprecian están las frutas, hortalizas, pescados, alimentos preparados y bebidas.
Anónimo, La Plaza Mayor de la Ciudad de México I Vista general de la plaza mayor de la ciudad de México a mediados del siglo XVIII, 1769. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec
A pesar de esto, mujeres negras, mulatas, y en general mestizas, sacaban provecho de esta permisión vistiéndose con ropa de indígenas.
Según los propios cajoneros de la Plaza Mayor, las mujeres casadas necesitaban la licencia de su marido además de la licencia Real. Por otro lado, los documentos de la época reiteraron que durante el siglo XVI la Corona otorgó un permiso para que las mujeres indígenas pudiesen vender en la Plaza Mayor sin pagar renta al Ayuntamiento. La justificación de la Corona era que los indígenas eran pobres y sólo vendían lo que producían con sus manos. A pesar de esto, mujeres negras, mulatas, y en general mestizas, sacaban provecho de esta permisión vistiéndose con ropa de indígenas. Sabemos que a partir de los pleitos judiciales de las primeras décadas del siglo XVIII, que las vendedoras indígenas eran dueñas de sus puestos y que podían tener más de uno. Incluso eran protegidas y defendidas ante la Real Audiencia por las autoridades de sus parcialidades.
A pesar de que las indígenas poseían los privilegios que mencionamos arriba, la pena para las mujeres que vendieran en la Plaza Mayor y que no contaran con licencia era el “recogimiento por un año”, mientras que para las personas de “color quebrado” se aplicaban cincuenta azotes y seis meses en obrajes y en caso de ser hombre español, el destierro de la ciudad de México por ocho meses. Esta medida nos muestra cómo era aplicada la justicia a partir del género y el origen racial de las personas. A pesar de esto, las vendedoras de la Plaza Mayor permanecieron en ella hasta la década de los ochenta del siglo XVIII, cuando el segundo conde de Revillagigedo mandó la reorganización de la Plaza que incluía reubicar los puestos, limpiar y empedrar.
Referencias:
AHCM, Ayuntamiento, Hacienda: propios y arbitrios, vol. 2230, exp. 12 y 13
AHCM, Ayuntamiento, Rastros y mercados, vol. 3728, exp. 6 y 7.
Curiel, Gustavo y Antonio Rubial (coords.), Pintura y vida cotidiana en México 1650-1950, México, Fomento Cultural Banamex, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999.
Gonzalbo, Pilar, Las mujeres en la Nueva España. Educación y vida cotidiana, México, El Colegio de México, 1987.
Olvera Ramos, Jorge, Los mercados de la Plaza Mayor en la Ciudad de México, México, 2007, Cal y arena.
Velásquez Gutiérrez, María Elisa, Mujeres de origen africano en la capital novohispana, siglos XVII y XVIII, México, INAH, UNAM, Programa Universitario de Estudios de Género, 2006.
Cuando las rentas reales resultaban insuficientes para cubrir los gastos de la monarquía, el rey recurría a diversos instrumentos de fiscalidad extraordinaria, como empréstitos, suplementos (préstamos sin interés) y donativos. En este texto nos concentramos en definir qué eran los donativos, en qué ocasiones se recurría a ellos y cómo funcionaban en el contexto de los territorios que componían la Monarquía Católica, sobre todo América y Filipinas.
Los donativos eran contribuciones normalmente voluntarias que los súbditos entregaban como respuesta a una solicitud específica del soberano. Es decir, cuando se consideraba necesario, el rey enviaba una cédula a los territorios correspondientes para que las autoridades locales organizaran una recolección de donativos entre los vecinos del lugar. En dichos documentos se especificaba cuál era la causa a la que se aplicarían los fondos: para ayudar en epidemias, sequías u otro tipo de desastres naturales, para la construcción de alguna obra pública, para los gastos de alguna boda en la familia real, pero lo más común era la financiación de la guerra.
Los donativos solían ser universales —o generales— y voluntarios. Esto significa que todos los habitantes cooperaban con la cantidad que pudieran, según sus circunstancias. Pero también los hubo que se solicitaron a grupos específicos y por una cantidad determinada. Por ejemplo, en 1709 se solicitó un donativo exclusivamente a los dueños de haciendas y otras propiedades productivas para financiar la Guerra de Sucesión. La contribución era de 50 ó 100 pesos, tasada de acuerdo con el valor del bien inmueble.
Cargo de los que entregaron como donativo los hacendados de Nueva España, 1709-1716. (AGI, contaduría, 820, f. 210 r.)
En la mayoría de las ocasiones los donativos se entregaban en moneda, ya fueran “prontos” o anuales. Pero, con la finalidad de recolectar lo más posible, también se aceptaban otras modalidades de contribuciones. Cuando se donaban joyas, estas eran pesadas y valuadas por un perito para ser subastadas y agregar el valor a la cuenta de donativos que llevaban los ministros de Real Hacienda. También había quien donaba parte de su producción (trigo, sal, maíz, etc.); otros ofrecían costear el vestuario de un determinado número de soldados, incluso se donaron barcos completos.
Se llamaba “donativo pronto” a las contribuciones por una cantidad determinada, aunque esta se entregara en distintos plazos; así eran diferenciados de los que se comprometían a dar una cantidad anual mientras durase la necesidad por la que se cedía el dinero.
En Nueva España se solicitó el primer donativo entre la población tan temprano como en 1599. Durante el siglo XVII se recolectaron al menos once donativos y en el XVIII otros diez. Muchos de ellos se solicitaron también en el virreinato del Perú, en Nueva Granada y en Filipinas. Para la Real Hacienda estos eran ingresos extras que aliviaban las cargas, y lo mejor de todo es que no había que regresarlos. ¿Pero qué ganaban los donantes? ¿Por qué respondieron una y otra vez a estas solicitudes?
Los donativos se recolectaban acompañados de un discurso legitimador, cuyos fundamentos formaban parte de la cultura política que compartían todos los miembros de la Monarquía Católica. Las autoridades y los súbditos conocían los requisitos que debía cumplir una exacción de recursos extraordinarios: que estuvieran destinados al bienestar de la comunidad, que se explicara la motivación y que se respetara la voluntad de los vasallos. Además, las demandas de donativos se basaban en una relación contractual entre rey y reino, de la que tanto el trono como las autoridades locales —quienes ejercían la representación de la comunidad política—, e incluso los contribuyentes extrajeron amplios beneficios económicos, políticos y sociales.
Aunque antes se aclaró que los caudales recaudados como donativo no tenían que ser regresados, ello no implica que no tuvieran retribución alguna. La entrega de donativos podía abrir canales de negociación de distintas recompensas, como oficios, títulos nobiliarios, exenciones o condiciones favorables para negocios. Desde luego, estos acuerdos no podían ser iguales para todos, porque dependían de la representación del vasallo; es decir, de la presencia política que ostentara, así como de la cuantía de la contribución. No debe olvidarse que, la de Antiguo Régimen era una sociedad jerarquizada. En este sentido, se debe identificar, pero también diferenciar, los distintos niveles de negociación. Esta será distinta para un mercader acaudalado, para el dueño de una pequeña pulpería, para una viuda que está a cargo de una zapatería o para un pueblo de indios.
Pero aun cuando no recibieran estas recompensas a cambio, los donativos proporcionaban otras ventajas a quienes los entregaban. Entregar estos servicios al rey facilitaba a los contribuyentes asegurar su estatus de “fieles vasallos”, lo que les permitía continuar como parte activa y aceptada de su comunidad, ya fuera como integrantes de un gremio, cofradía, pueblo o alguna otra agrupación. Al cooperar para la conservación de la monarquía, reafirmaban su lugar en ella. De esta forma, incluso aquellos que no entregaban grandes cantidades, accedían a algún tipo de beneficio.
Desde pequeños en el colegio nos enseñan que en México tuvimos un régimen “colonial” tras la conquista del Imperio Mexica.
Pero ¿si en realidad Nueva España fue un reino que conformaba al Imperio Español con casi los mismos privilegios que el resto de los reinos?
En años recientes se ha criticado la idea de un régimen colonial establecido por la monarquía católica (lo que hoy día llamaríamos España). De hecho, se propone que esta monarquía se conformaba de distintos reinos, un imperio mundial que se gobernaba, en la cabeza, por un juez supremo (o perfecto): el rey.
En ese sentido, es necesario tratar de entender lo que fue la monarquía católica desde su contexto, por lo que hablar de un «México colonial» presenta ciertos inconvenientes:
La idea de que México ha existido desde siempre, sin importar lo que había antes de que siquiera se planteara la idea de una nación tal y como la endentemos hoy día.
La lógica económica y política de un sistema colonial se impulsó por distintos imperios, especialmente a partir del siglo XVIII. Dentro de esa lógica resalta un establecimiento en determinadas regiones para explotar y exportar materias primas, con una mínima relación con los naturales (indígenas) así como una marcada separación política (la idea de metrópoli-colonia).
En ese contexto, recientes investigaciones proponen que Nueva España se insertaba en un contexto de reinos que se unían bajo la idea de la religión católica y el gobierno del juez perfecto encarnado en la figura del monarca.
En la cosmovisión de Antiguo Régimen la sociedad se concebía como un cuerpo y, por lo tanto, la monarquía también puede entenderse en ese sentido: el rey con sede en Madrid sería la cabeza mientras que el resto de los reinos de su gobierno serían partes del cuerpo. De igual forma se aceptaba que en ese tipo de sociedad la desigualdad era necesaria para subsistir, principio que también puede aplicarse a los reinos, había unos con grandes privilegios y otros con mínimos o ninguno.
Ahora, si partimos de que Nueva España era un reino que conformaba la monarquía católica se puede entender mejor la lógica de su funcionamiento. Es decir, la explotación de las minas generó grandes recursos que se invirtieron en el propio virreinato, unas partes se mandaban a la Península Ibérica como pago al rey y se generaron relaciones entre bilaterales entre la sede del gobierno y e virreinato, por lo que la idea de una “explotación colonial” queda sumamente cuestionada.